Me ha llamado la atención un breve artículo que leí el otro día en un periódico, según el cual la lluvia es uno de los mayores riesgos a que se ven sometidas las mariposas. Efectivamente, si el cielo está nublado, la radiación solar disminuye, con lo que las mariposas no pueden calentar sus músculos y se ven impedidas para volar, aparte de que una gota de lluvia que le caiga encima a ese insecto, que no pesa más de medio gramo, le resulta un duro golpe que si, además, le afecta a las alas, se las paraliza. Es decir, la inocuidad o la nocividad no es inherente al objeto, sino que depende del sujeto sobre el que actúa y, así, esa misma lluvia tan letal para la vistosa mariposa, le dará la vida a una planta. Son paradojas, que me han recordado otra que inspiró un poema de Juan de Iriarte y que no me resisto a transcribir:
El imposible mayor
que halla Ovidio, es que del fuego
nazca el agua. Yo lo niego,
que he visto llorar de amor.
El imposible mayor
que halla Ovidio, es que del fuego
nazca el agua. Yo lo niego,
que he visto llorar de amor.
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