Como pequeño y adelantado regalo de Reyes (pequeño y humilde, pero regalo al fin y al cabo) iré relatando aquí mi último cuento, por capítulos. Se titula
AL AMANECER
Miró su reloj: ya faltaba menos, el momento se acercaba inexorablemente, con la predestinación de las olas cuyo alboroto apenas se apreciaba desde su habitación. Un ligero escalofrío recorrió su espalda al percibir la ligera y tranquila respiración de Laura a su lado, con esa suavidad que la había acompañado desde siempre, a su pelo, a su piel, a su mirada. Dormía. Lo haría al menos hasta bien entrada la mañana. Entonces él ya estaría lejos, aunque en cierta forma sabía que no del todo, algo de él quedaría para siempre en aquella cama, en aquella noche que, en su recuerdo, nunca amanecería. Se levantó con cuidado de no despertarla, sigilosamente y, una vez de pie, sobre la alfombra, se detuvo unos segundos, y contempló, sintiéndola ya ajena, la habitación, difuminada por la escasa luz que se filtraba por la ventana, las cortinas descorridas, las sábanas, como su pelo, revueltas, protectoras, lejanas. Todavía podía sentir la tibieza, que pronto le abandonaría, y el olor cálido y tenue del sueño tranquilo.
Laura se haría muchas preguntas y creería hallar algunas respuestas, elucubraría, indagaría, se llenaría de sospechas que creería confirmar en palabras aisladas, en ausencias imprevistas y antiguas, en conversaciones pasadas. Le juzgaría y acabaría condenándole, sin remisión. Después, como siempre, el tiempo actuaría de lenitivo, y como un bálsamo, aliviaría poco a poco la herida de la desaparición tan abrupta, hasta que, como si de un dolor habitual se tratara, consiguiera poco a poco asimilar la nostalgia, digiriéndola, disipándola.
Laura se haría muchas preguntas y creería hallar algunas respuestas, elucubraría, indagaría, se llenaría de sospechas que creería confirmar en palabras aisladas, en ausencias imprevistas y antiguas, en conversaciones pasadas. Le juzgaría y acabaría condenándole, sin remisión. Después, como siempre, el tiempo actuaría de lenitivo, y como un bálsamo, aliviaría poco a poco la herida de la desaparición tan abrupta, hasta que, como si de un dolor habitual se tratara, consiguiera poco a poco asimilar la nostalgia, digiriéndola, disipándola.
(Continuará)
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