Era un SMS de Laura: “Dnd stas? Q hces?”. Se quedó mirando el teléfono, pensativo, pero no respondió. Se levantó. El pitido del maquinista anunciaba la inminente salida del tren. Las puertas del convoy se cerraban. “¡Abran!”, gritó, pero era tarde, las ruedas chirriantes comenzaban a rodar. Tiró con fuerza del freno de emergencia, y ante el estupor de los viajeros, se desprendió del pesado cinturón preñado de explosivos, saltó a las vías y corrió hacia la estación. Alguien intentó sujetarle, pero se zafó. Cuando por fin se detuvo ya estaba lejos, casi sin aliento, en una estrecha calle del barrio antiguo, sucia y maloliente, en la que el aire se había estancado y el amanecer recién nacido se tornaba gris y espeso. El móvil vibraba de nuevo. Sabía que esta vez no sería Laura. Respondió a la llamada. Ignoró los gritos al otro lado del teléfono, y por única respuesta mencionó el nombre de la calle que figuraba escrito en una desconchada placa. Se sentó en el suelo y esperó. Al poco, dos hombres, en cuyos rostros escondidos tras espesas barbas, tan sólo destacaban dos pupilas encendidas, doblaron la esquina y se dirigieron a él con las manos escondidas en sus gabardinas. Tuvo el tiempo justo para pulsar el botón “Enviar SMS”. El mensaje iba destinado a Laura: “Te quiero y te seguiré queriendo. No me olvides, porque algún día volveremos a estar juntos y ya no nos separaremos más. Lo sé porque te estaré esperando. Me encontrarás en el lugar donde se construyen los sueños”.
FIN
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