lunes 15 de enero de 2007

AL AMANECER (VII)

La estación de ferrocarril ya se podía ver desde allí y comenzaba a apreciarse cierta actividad. Se encaminó hacia la entrada, debía sacar el billete y luego acomodarse en su plaza, esperando hasta que el tren se pusiera en marcha y hubiera avanzado unos cuantos metros. El vagón olía a una mezcla de detergente y lejía, y un blanco fluorescente en el techo le otorgaba una luz trémula, espectral, que contrastaba con la anaranjada del amanecer. Los demás pasajeros iban callados, aún con el sueño abrazado a su rostro, con la mirada perdida y el gesto contrariado. En el enorme reloj de la estación las agujas indicaban que aún faltaban tres minutos. Su móvil vibró unos segundos.
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(Continuará)
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