miércoles 10 de enero de 2007

AL AMANECER (IV)

Qué difícil resulta cerrar las puertas cuando se sabe que no se volverán a traspasar; abandonar lo que se consideraba indispensable, renunciar a aquello de lo que jamás se habría prescindido si se hubiera podido escoger. Sin embargo, qué pocas cosas se pueden elegir: casi todo es asignado, adjudicado porque sí, como en una especie de lotería, y en ocasiones, iluso, uno cree que se lo merece, que se lo ha ganado, y que lo que se posee es inmarcesible, nada nos lo puede arrebatar si se es capaz de asirlo con fuerza, decidido; pero no, al final, todo ha sido y es contingente, azaroso, sujeto al capricho de un destino que, ciego, carece de compasión, inasequible a las súplicas, a los deseos, y lo que creías perenne, resulta caduco, y lo que imaginabas lejano, te lo encuentras de frente al doblar cualquier esquina.
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(Continuará)
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